20-Ago-2008 0:00 - El Pais
El público bilbaíno fue testigo ayer de una antología del temple. En el cuarto de la tarde, Enrique Ponce se inventó una faena extraordinaria. Fue una lección de temple y despaciosidad toreras. A un toro de gran presencia cornivuelto, lo dominó e hizo de él lo que quiso. Y quiso mucho. Además, mostró un amplio repertorio. Pase a pase, la faena acabó convirtiéndose en una sinfonía en rojo. En sus notas parecían escucharse unos latidos de plata. La plasticidad más bella imaginable surgía de sus muñecas (en especial de la mano derecha). Toreo de manos bajas, toreo de cintura. Toda una lección magistral de torería de la grande. Importaba menos la sabiduría, que le es propia; importaba más que en cada muletazo vivía un sentimiento de plenitud torera: una caricia honda, un pellizco chico.